3º PARTE - POR ANTONIO BURGOS
 




29 de mayo 2006


La salud de la cantante se encuentra en un estado muy crítico.




UNA SAETA POR ROCÍO JURADO




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Fue hace unas semanas. Caía la noche en su casa de La Moraleja. Y era como si anocheciera en la Cruz de la Mar de Chipiona, o en el Arco de la Macarena, de cercanos que estaban aquellos recuerdos. Vestida con una larga túnica romana como de prima de Escipión, el que plantó el faro, su hermoso perfil afilado, como de moneda de plata antigua, con el pelo recogido, Rocío Jurado se puso a contarme de pronto recuerdos y recuerdos. Recuerdos de lo sevillista que era su padre, que a los pollos de pelea que criaba les tenía puestos los nombres de la Delantera Stuka: Campanal era el más encampanado de la gallera de Chipiona. Recuerdos de antiguos anuncios cantados de Radio Sevilla: Norit el Borreguito, Tintes Iberia, es el Anís del Coral el mejor de los mejores...


No, el mejor de los mejores es el corazón por la garganta de esta mujer genial, de esta guapa matrona romana del mismísimo pueblo de Escipión, que ahora, cuando cae la tarde, como si fuera ayer, se acuerda de una Virgen y de una saeta. ¿Habrá estado Rocío en escenarios triunfales, en teatros de gloria? ¿Habrá cantado miles de coplas y baladas? Que le quiten lo cantado... Pero en esta hora del corazón abierto, cuando cae la tarde en La Moraleja, y José Ortega Cano sigue haciendo la mejor faena de su vida, el arrimón de amor de puerta grande, se acuerda de Sevilla. De una saeta en Sevilla. A la Virgen de la Esperanza. Cuando en 1964 el barrio de la Macarena y Sevilla entera la llevaban a coronar. Rocío entonces era una niña que quería ser artista, a la que la mujer del Yoni había llevado a Madrid. Un gran macareno, de los de plaza y centuria, la subió al balcón del capiller, para que viera salir a la Virgen camino de su coronación y le cantara una saeta. Se lo dijo a Rafael de León, trovador delicadísimo de La Que Está en San Gil en mil canciones. Al viejo poeta le presentaron a Rocío, a la que dijo de sopetón:

-Niña, ¿tú sabes cantar saetas?

-Hombre, mire usté, don Rafaé, yo sé cantá saetas...de Chipiona.

Y Rafael, resuelto:

-Pues le vas a cantar una a la Virgen cuando salga...

-Pero si estoy tan nerviosa que no me acuerdo de ninguna letra, don Rafaé.

-Tú has la salía, que yo te iré apuntando los versos...

Y así fue que la Virgen, mariquillas de mayo, salió gloriosa en el paso de la Coronación. Y Rocío se agarró con sus manos sudorosas de nervios a los hierros del balcón del capiller. Y su voz rompió el aire del Arco con la salida de la saeta:

-Ay yayai...

Y Rafael de León, con su cabeza casi en el hombro de la niña, le dijo, bisbiseando el verso como una oración:

- Con tu corona y tu pena...

Y la voz joven y nueva y poderosa de Rocío proclamó al orbe macareno:

-Ay yayai, con tu corona y tu pena...

Y Rafael, en el oído, como desgranando su piropo en verso a la misma Madre de Dios en su tocado:

- Qué guapa vas, Mare mía...

Y así fue saliendo, verso a verso, nervio a nervio, aquella mar chipionera de plegaria cantada, que el rompeolas del gentío le devolvía a la emocionada niña Rocío con la espuma de un óle:


Con tu corona y tu pena,
qué guapa vas, Mare mía,
como una rosa morena,
como una estrella encendía,
Esperanza y Macarena...


En el atardecer, en el largo atardecer, ay, de La Moraleja o de una vida, Rocío me recitaba la saeta como si de nuevo estuviera cantándosela a la Virgen. Sí, se la estaba cantando. Como en estas horas de dolor y cornejas siniestras se la decimos por su voz a la Virgen que se llama como el sentimiento mismo que tenemos todos los que queremos a Rocío: Esperanza.









1 de junio 2006


Fallece la cantante




QUE NO DARÍA YO, ROCÍO




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Eras, eres, seguirás siempre siendo la paloma brava que abrazaba mundos enteros con los vientos de tus alas. Eras, eres, seguirás siempre siendo como una ola de gracia y de entrega a tu gente, que eran todos tus públicos como de la familia. Eras, eres, seguirás siempre siendo un clavel tan encendido que hasta al fuego lo quemabas con tu condición generosa y desprendida:


Cuanto te oigo cantar
sale solo el juramento,
y no me gusta jurar.
Juro por lo más sagrado,
yo juro que la Jurado
le presta la voz al viento
que canta en el olivar.


Olivar de España, niña, aceitunita comía de la pena, huesecito fuera de la alegría: qué ejemplo de lucha nos diste, le diste a todos los que tienen el cuerpo atenazado por el mismo zaratán que te arrebujó y dicen que te ha llevado. Aunque no le eches cuenta a la lengua de la gente, niña, tú sigues con nosotros, tu voz de fe permanecerá en el tiempo:


Dios vino y me alevantó,
cuando el mundo me se hundía
Dios vino y me alevantó,
y ahora le reza mi voz,
que me van a faltar días
para dar gracias a Dios.


Ay, nos han faltado días. Ahora te evoco en esos largos conciertos de tu entrega, guapísima. Un vestido negro, Gilda del amante, amigo en el punto de partida, en los que en la segunda hora estabas con mucho mayor poderío que en la primera, y que en la tercera era ya que no se podía aguantar el arte de tu garganta y corazón en la madrugada del relente de los pueblos de España. Y entonces salías con tu bata de cola, roja como el clavel, con lunares blancos como la ola, y te sentabas en una flamenca silla de enea. En una silla de ver pasar a tu Virgen de la Esperanza Macarena por la calle Sierpes de Sevilla, al lado de tu Rafael de León. En una silla de cuarto de los cabales. Con la guitarra del Niño de Pura eras capaz de meter a compás de bulería hasta la guía de teléfonos de Chipiona. Y por supuesto que tus propias canciones, tu propia memoria, tu propia infancia, la adolescencia de aquella niña de Chipiona que quería ser artista... Aquella evocación de cine de verano, primeros versos de amor y niñas que vuelven tarde a casa que te escribió José Luis Perales:
Qué no daría yo por empezar de nuevo...












Ay, niña Rocío de la luna blanca que amaneció y te vio dormida, qué no daría yo por empezar de nuevo y saber que tu padre por fin ha permitido que seas artista, y que la mujer del Yoni te ha llevado al tablao El Duende de Gitanillo de Triana, y que ya estás allí, en el cuadro, aprendiendo a mover los brazos de la mismísima Pastora Imperio. Qué no daría yo por volver a conocerte ahora en el Hotel Playa de Cádiz, que esta noche, en la plaza de San Juan de Dios, junto a la comparsa de Paco Alba y el tanguillo que vas a bailar con ese Buda carnavalesco que es Pepe el Sopa, vas a cantar en honor de la reina del Carnaval, qué arte de la resistencia, disfrazado de Fiestas Típicas, con el loco febrero mayeando en coplas. Qué no daría yo por verte debutar en el teatro San Fernando con el espectáculo «Pasodoble», por escucharte las primeras canciones que te ha escrito tío Rafael de León. Qué no daría yo, en rebujina de tiempos y de espacios, por verte inaugurar el auditorio de la Expo del 92 que ya llevará tu nombre, aquel que teniendo siete mil kilómetros de largo de escenario se te quedaba corto, de cómo lo llenabas con tu voz, con tu abanico, con tu quejío, traspasando de luz de faro chipionero todas las candilejas que te pusieran. Qué no daría yo por volver a la ermita de la Yerbabuena, que vienes en un coche de caballos, blanca piconera, a casarte con nada menos que un torero, a quien andando el tiempo le veremos la mejor faena de su vida en los largos meses del lucha, lucha, cuando su amor será una entrega de hombre de cuerpo entero, de puerta grande del amor. Que no daría yo por volver contigo a Los Ángeles de California, cuando me grabaste «La sed del mar», y era como si la gracia de Chipiona hubiera desembarcado en la playa Omaha de aquellos gachós americanos, deslumbrando al bueno de Bebu Silvetti con un anillo nuevo o un nuevo abrigo de pieles a cada tema del disco terminado en el estudio. Qué no daría yo por estar en la cubanidad del Knight Auditorium de Miami, flecos de mantón en dueto con el lelere de Lola o con el sóngoro cosongo de Olguita Guillot. Qué no daría yo por volver a verte, tan guapa, el pelo recogido, con un clavel grana sangrando en tu boca, en «Azabache», con Juana, con Imperio, de las de peina y volantes, ay, qué pocas vamos quedando. Qué no daría yo, Rocío, por verte de joven madre con Rocío Carrasco en una toquilla en tus brazos. Qué no daría yo por volver a escucharte «El Amor Brujo» en la plaza de toros de Sevilla. Qué no daría yo por volver a aquellas noches de jazmines del teatro Pemán en el Parque Genovés de Cádiz, cuando cantabas por alegrías el verso de tu compadre Antonio Martín:


Que yo soy gaditana
de pura cepa,
como las mojarritas
de la Caleta...


Qué no daría yo, niña Rocío de luna blanca, caricia y poderío de tu voz. Tu voz que queda. El no sé qué que queda balbuciendo, a compás de bulería. Pues me ha dicho la luna que si amanece y ve que estás dormida, tu Yemayá de moscatel, tu Virgen de Regla, hará el milagro de que sigamos oliendo la misma flor de tu voz muchas, muchas primaveras.








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